viernes, 11 de mayo de 2018

Relatos de Sebastópol

 Si bien William Howard Russell está mayoritariamente reconocido como el primer reportero de guerra de forma más o menos oficial, en mi opinión el conde Lev Nikoláievich Tolstói es el inigualable maestro en retratar psicológicamente los pensamientos, reflexiones y padecimientos de los soldados y civiles en el infierno de la guerra.
 Tolstói se alistó en una brigada de artillería a instancias de su hermano Nikolái, el cual era teniente de la misma unidad, y participó en la Guerra de Crimea, estando presente en Sebastópol durante el asedio que dió fin al conflicto. Debido al aburrimiento provocado por su obligada convalecencia a raíz de su dolencia reumática, Tolstói empezó a escribir, y una de sus primeras obras fueron tres narraciones cortas en las que aprovechó su experiencia en Sebastópol para relatar el día a día de los sitiados, con una clarividente y minuciosa  maestría al describir los procesos mentales de aquellas personas ante las atroces dificultades a las que eran sometidas. Sebastópol se había convertido en un crisol humano donde se habían concentrado todos los soldados procedentes de las retiradas provocadas por las derrotas en Alma, Balaclava e Inmediata, y allí resistieron durante 11 meses los ataques y bombardeos aliados, hasta que con su caída se dió por finalizado el conflicto.
 Relatos de Sebastópol es una obra sobrecogedora por qué en ella se reconoce la veracidad y proximidad al sufrimiento y al dolor, no de una manera embellecida y literaria, si no auténtica. Se nota que el escritor estuvo allí, que vió y experimentó al tacto la humanidad y la muerte. No hay mentira en el texto de Tolstói, y estas experiencias modelaron el espíritu de un escritor que acabará gestando algunas de las obras cumbre de la literatura. Copio a continuación un fragmento ilustrativo, y conmino a que leáis está pequeña gran obra y acompañéis a Tolstói al interior del corazón ruso en Sebastópol.

 Mijáilov se dio la vuelta: el punto luminoso de la bomba parecía haberse detenido sobre su cenit, en esa posición en la que es totalmente imposible determinar su dirección. Sin embargo, solo duró un instante: la bomba, cada vez más rápido y cada vez más cerca, tanto que ya se veían las chispas de su espoleta y se oía el fatídico silbido, bajaba directa al centro del batallón.
—¡Al suelo! —gritó una voz asustada.
 Mijáilov cayó sobre su estómago. Praskujin involuntariamente se inclinó hasta el suelo y entornó los ojos. Solo oyó cómo la bomba chocó contra la tierra firme en algún lugar muy cercano. Pasó un segundo, que pareció una hora, pero la bomba no explotó. Praskujin se asustó, quizá se había acobardado en vano, quizá la bomba había caído lejos y simplemente le había parecido que la espoleta silbaba allí mismo. Abrió los ojos y con placer orgulloso vio cómo Mijáilov, a quien debía doce rublos y cincuenta kopeks, más abajo y cerca de sus piernas, pegado a él, yacía inmóvil sobre su tripa. Pero entonces sus ojos se encontraron por un instante con la brillante espoleta, a un arshín de él, donde giraba la bomba.
 El horror, un horror frío que excluía cualquier otro pensamiento o sentimiento, se apoderó de todo su ser, se tapó la cara con las manos y cayó de rodillas.
 Pasó otro segundo, un segundo en el que todo un mundo de sentimientos, pensamientos, esperanzas y recuerdos cruzó por su imaginación.
 «¿A quién matará, a mí o a Mijáilov? ¿O a los dos? Y, si es a mí, ¿dónde me alcanzará? Si es en la cabeza es el final; pero si es en la pierna entonces cortarán; les pediré que me den cloroformo y podré seguir vivo. O quizá solo mate a Mijáilov; entonces contaré que íbamos juntos, a él lo mataron y su sangre me salpicó. No, está más cerca de mí, viene hacia mí».
 Entonces recordó los doce rublos que le debía a Mijáilov, y otra deuda de San Petersburgo que debía haber pagado hacía tiempo; la melodía gitana que había cantado por la tarde; la mujer a la que amaba, que se le apareció con su cofia de cintas lilas; un hombre que le había insultado cinco años antes y a quien no había hecho pagar la ofensa. Pero junto a esos recuerdos, y otros miles más, no le abandonó un solo instante la sensación de lo que estaba pasando: la espera de la muerte y el horror. «Bueno, quizá no estalle», pensaba, y con firmeza desesperada quiso abrir los ojos. Pero en ese instante, incluso a través de sus párpados cerrados, un intenso fuego le golpeó en los ojos y algo lo alcanzó con un terrible estruendo en medio del pecho. Echó a correr sin rumbo, tropezó con un sable que apareció bajo sus pies y cayó de lado.
 «¡Gracias a Dios! Solo es una contusión», fue su primer pensamiento; quiso llevarse las manos al pecho pero sus manos parecían estar atadas y una especie de mordaza le oprimía la cabeza. En los ojos le bailaban soldados e, inconscientemente, los iba contando: «Uno, dos, tres soldados, y allí hay un oficial con el capote torcido», pensaba; después, el brillo de un relámpago ante sus ojos, y se puso a pensar de qué era el disparo: ¿de mortero o de cañón? Seguramente de cañón, pero han disparado otra vez, y hay más soldados —cinco, seis, siete soldados—, pasan todos de largo. De repente le entró miedo de que le aplastaran. Quiso gritar que estaba magullado, pero su boca estaba tan seca que la lengua se le pegó al paladar y una horrible sed le torturaba. Sintió cómo se le empapaba el pecho y esta sensación de humedad le recordó al agua; hubiera querido beber incluso de aquello que lo empapaba. «Seguro que me he hecho sangre al caer», pensó, y, cada vez más dominado por el miedo de que los soldados que continuaban apareciendo y pasando de largo le aplastaran, reunió todas sus fuerzas e intentó gritar: «Cójanme», pero en lugar de eso empezó a gemir de una manera tan terrible que le dio miedo oírse. Después, un fuego rojizo le saltó a los ojos y le pareció que los soldados le colocaban piedras encima. El fuego cada vez era más escaso, las piedras que le habían puesto encima le pesaban cada vez más. Hizo un esfuerzo para apartar las piedras, se estiró y ya no vio, ni oyó, ni pensó, ni sintió nada más. Había muerto en su puesto por un casco que le había alcanzado en medio del pecho.
El interior de un Redan, una fortificación rusa, después de que los rusos evacuaran Sebastópol.

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