lunes, 30 de abril de 2018

El ataque de Pakenham

Los Arapiles, 1812, las tres de la tarde.

Wellington tomó su decisión, galopó hacia la derecha del ejército y dio instrucciones a Pakenham para que su división avanzase en doble columna por el flanco izquierdo del enemigo, que a priori estaba en ventaja debido a estar posicionado sobre el Pico de Miranda. Debía tomar los cerros y limpiarlos de enemigos. Pakenham dictó sus órdenes y el coronel Wallace se dirigió a los oficiales:
"Caballeros, el regimiento es en el día de hoy, como normalmente lo es en ocasiones así, tolerablemente fuerte y es probable que tengamos una buena dosis de ruido. Les recomiendo que se coloquen en el centro y la parte derecha de sus compañías, lo cual evitará cualquier error".
Una vez llegaron a los pies del cerro y se formó la línea británica, Pakenham se incorporó en persona para dirigir el ataque.
"Todos estábamos impacientes por entrar en acción y el tranquilo aunque firme avance de la brigada derecha de Pakenham fue recibido con un redoble de tambores y fuertes vítores de los franceses, cuyas tropas ligeras corrieron ladera abajo en un estado de gran agitación e iniciaron un fuego apresurado e irregular.
A pesar del fuego de los fusileros y de la lluvia de metralla, Pakenham continuaba avanzando; su centro sufría, pero continuaba el avance; su izquierda y su derecha, que estaban menos oprimidas por el peso del fuego, continuaban avanzando a un ritmo más rápido y a medida que sus alas se inclinaban hacia delante y dejaban atrás el centro, su brigada derecha adoptaba la forma de media luna de manera que todos los oficiales británicos estaban al frente de sus hombres -una rara ocurrencia-. Los oficiales franceses también estaban delante; pero sus deberes relativos eran muy diferentes: estos últimos, alentando a sus hombres en el fragor de la batalla; los primeros, ¡conteniendo a sus devotos soldados!... los soldados, con sus fusiles al brazo, iban pisando los talones a los oficiales, como tropas acostumbradas a conquistar. Ascendían velozmente la cima de la colina, pero antes de que tuvieran tiempo de recuperar el aliento, toda la división de Thomières, con un fuerte redoble de tambores y vociferando sin cesar, corrió a su encuentro y arrojó sobre ellos un torrente de balas procedentes de cinco mil mosquetes, derribó a casi toda la primera fila de Wallace y a más de la mitad de sus oficiales. La brigada titubeó hacia atrás a causa de la fuerza del impacto, pero antes de que el humo se hubiera disipado, Wallace, mirando de lleno los rostros de sus soldados, señaló hacia la columna francesa y dirigiendo a la destrozada brigada colina arriba, sin un instante de vacilación, les condujo cara a cara antes de que los franceses tuvieran tiempo de percatarse del terrible efecto de su fuego asesino.
Asombrada por la inquebrantable determinación de los soldados de Wallace, la división de Thomières vaciló; sin embargo, lanzaron una fuerte descarga de mosquetería, pero nu fue como la primera: fue irregular y mal dirigida, los hombres actuaron sin orden ni concierto y muchos disparos se perdieron en el aire. Finalmente su fuego cesó por completo y los tres regimientos, por primera vez, ¡lanzaron vítores! El efecto fue electrizante; las tropas de Thomières fueron presa del pánico.
Los oficiales franceses hicieron todo los posible, con su voz, su gesto y su ejemplo, por elevar a sus hombres a un sentido apropiado de la situación, pero fu inútil. Uno de ellos, el coronel del regimiento principal agarrando un fusil y llamando a sus hombres para que lo siguieran, corrió unos pocos pasos hacia adelante y mató de un tiro al mayor Murphy, que encabezaba el 88.º; sin embargo, su carrera pronto concluyó: una bala, la primera que se disparaba desde nuestras filas, le atravesó la cabeza; dejó caer los brazos, cayó hacia adelante y expiró.
La brigada, que hasta ese momento aguantó de forma entusiasta el fuerte fuego al que habían estado expuestos sin devolver ni un solo disparo, estaba ya impaciente, y el 88.º enormemente excitado: pues Murphy, muerto y sangrando, con un pie colgando del estribo, fue arrastrado por su asustado caballo por delante de su regimiento; los soldados se exasperaron y pidieron permiso para avanzar. Pakenham, viendo que había llegado el momento, gritó a Wallace que "los dejara sueltos". Los tres regimientos se precipitaron hacia adelante y la poderosa falange, que un instante antes era formidable, se disgregó y cayó deshecha en pedazos ante los quince mil invencibles soldados británicos que luchaban en una línea de dos en fondo".

Bibliografía

GRATTAN, William, Reminiscences of a Subaltern: Battle of Salamanca, US, June 1834
MUIR, Rory, Salamanca 1812, Editorial Ariel 2003

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